VOCACIÓN DE UN COFRADE

El Concilio Vaticano II nos asegura que “la vocación última, las más profunda y sublime, en realidad es dos en una sola, es decir, divina” y, “que la razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre con la comunión con Dios”.

En nuestra vida de cofrades, llevamos esos sentimientos de algo que buscamos y queremos defender, nuestra medalla es el símbolo de nuestro compromiso, pero lo primordial está en nuestro corazón, lo que sentimos y todo aquello que recibimos…



Dios nos llama a una comunidad de salvación, de ahí que la vocación cristiana, sea vocación en Cristo y vocación en la Iglesia, y no olvidemos la índole y el contenido comunitario de la vocación personal.

Toda persona por el portentoso hecho de venir a la vida, ya lleva por dentro encendida una estrella, estrella no fugaz, sino permanente y fija que llamamos “vocación”. Por eso repetimos la bienaventuranza: dichosos los que saben a dónde van, que viven, y qué es lo que quieren, pues de ellos es el Reino de los vivos, y después el Reino de los Cielos.

Ser cofrade es ser comprometido, y vale la pena estar atado a la Columna, ¿por qué quien no está atado en esta vida? . Es algo muy especial sentir nuestras manos atadas a la Columna, junto con las manos de nuestro Cristo, y no dudemos en su ayuda, en esos momentos de prueba, dolor y sufrimiento; nuestro Cristo Atado a la Columna está sosteniéndonos, porque de verdad os digo, no hay cosa mejor que el apoyo de Su Columna.

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